PARÍS.– La polémica estuvo a la altura de la conversión del presidente francés frente Moscú: un Emmanuel Macron que, en pocos meses, pasó del campo de las palomas al de los halcones. Lejos quedó aquel junio de 2022, cuando el ocupante del Elíseo afirmaba que “no había que humillar a Rusia”. Hoy, el jefe de Estado se cuenta entre los más firmes aliados de Ucrania, listo para aportar a Kiev “un apoyo sin límites”, a fin de garantizar la derrota del Kremlin. Un cambio de actitud colosal, que provocó la turbación de todas las cancillerías europeas.

“En dinámica, nada debe ser excluido”, dijo Macron a fines de febrero en una entrevista, al ser interrogado sobre la posibilidad de enviar tropas al terreno de la guerra (boots on the ground, en lenguaje militar).

Y agregó: “El Kremlin adoptó estos últimos meses una línea mucho más dura, colocando la economía rusa en pie de guerra permanente, intensificando la represión de la oposición interna y multiplicando los ciberataques contra Francia y otros países. Con una Ucrania cada vez más acechada y Estados Unidos que ha dejado de ser un aliado fiable, Europa entra en un nuevo mundo. Un mundo donde lo que creíamos impensable se está produciendo”.

Por esa razón, según la nueva doctrina del presidente francés, Francia y Europa deben prepararse para un cambio vertiginoso: abandonar las certezas de bienestar de una era que termina y aceptar las duras realidades de una nueva, plagada de peligros.

Pero esa respuesta, cuyo objetivo principal fue sin duda el de posicionarse como nuevo líder europeo, consiguió provocar un terremoto entre sus aliados. Si bien ciertos países —los Bálticos o Polonia— se felicitaron de la conversión de Macron y de su evaluación “realista” de la amenaza rusa, otros —sobre todo la Alemania del canciller Olaf Scholz y Estados Unidos— quedaron consternados con ese nuevo espíritu “guerrero”.

En plena conmoción internacional, Berlín se apresuró a desmentir, así como Washington. “No tenemos ninguna intención de enviar tropas de combate de la OTAN a Ucrania. No hay pedido alguno en ese sentido. Pero los ucranianos solicitan equipamientos, municiones, armas, y nosotros se las procuramos”, declaró —una vez más— esta semana el secretario de Estado norteamericano, Antony Blinken, en Bruselas, durante la celebración del 75 aniversario de la Alianza Atlántica.

En la escena política interna, las oposiciones enloquecieron. “Emmanuel Macron juega al jefe de guerra, pero es de la vida de nuestros hijos que habla con tanta despreocupación. De lo que se trata es de la paz o la guerra en nuestro país”, declaró ofuscada la presidenta del grupo de extrema derecha en la Asamblea Nacional y gran amiga de Moscú, Marine Le Pen.

“Llegó la era del cualquier cosa”, dijo a su vez el líder de la extrema izquierda, Jean-Luc Mélenchon.

Pero, ¿por qué ese cambio de actitud? Durante mucho tiempo, Macron pensó que era posible y útil dialogar con Vladimir Putin. La toma de conciencia de que Putin estaba encerrado en su lógica guerrera y revisionista fue progresiva. Según un colaborador de Macron, llamada tras llamada, el Elíseo observó cómo el presidente ruso dejaba de formular objetivos estratégicos y las conversaciones giraban en un círculo vicioso.

Los contactos telefónicos se espaciaron tras el descubrimiento de civiles asesinados en las calles de Bucha, después del precipitado retiro de las fuerzas rusas en marzo de 2022. Por fin Macron renunció a su papel de mediador en septiembre del mismo año, después de un último intercambio sobre la securización de la central nuclear de Zaporiyia, ocupada por los rusos.

Macron “comprendió que Putin lo había engañado personalmente. Fue necesario cierto tiempo, pero el resultado fue positivo”, se congratuló Volodimir Zelensky en una entrevista acordada a la cadena BFM-TV en marzo.

“Admitir sus errores, aprender la lección y seguir adelante es una muestra de carácter”, señaló el presidente lituano Gitanas Nauseda.

El 26 de febrero pasado, durante la entrevista que desencadenó el escándalo, Emmanuel Macron sospechaba que los periodistas lo interrogarían sobre el posible envío de tropas al terreno de la guerra. La víspera, el primer ministro eslovaco, Robert Fico, había puesto el tema sobre la mesa “para desecharlo mejor”.

“Yo jamás enviaré tropas al terreno”, dijo el prorruso jefe de gobierno, revelando que el envío de personal a Ucrania había sido evocado durante los trabajos preparatorios de una cumbre europea.

Transgresión macroniana

Prevenida, la presidencia francesa preparó una respuesta milimetrada: “No escalatoria, pero que incluyera una necesaria dosis de ambigüedad estratégica”, precisan hoy fuentes del Elíseo. Una respuesta que consiguió que varios socios de Francia levantaran los ojos al cielo ante esa nueva “transgresión macroniana”. El canciller alemán Olaf Scholz y el presidente norteamericano Joe Biden, se habrían declarado “estupefactos” ante la osadía francesa.

“Es una posición legítima en el fondo, pero catastrófica como maniobra diplomática. Putin debe estar encantado y el Elíseo debe estar tratando de limitar los daños”, dijo en aquel momento un diplomático alemán.

En efecto, el Kremlin no tardó en reaccionar. Su vocero, Dimitri Peskov, evocó al día siguiente el riesgo de un conflicto directo entre la OTAN y Rusia. “Esa opción no conviene a ninguno de esos países (de la OTAN), que deben ser conscientes. En ese caso, ya no habría que hablar de ‘probabilidad’, sino de ‘inevitabilidad’”, dijo.

El 15 de marzo, Macron tuvo que viajar a Berlín para tratar de enmendar el enojo de su socio alemán. Lo hizo en compañía del primer ministro polaco, Donald Tusk, totalmente de acuerdo con la nueva actitud del mandatario francés.

Quienes lo conocen, insisten en que ese cambio vertiginoso no es extemporáneo. Poniéndose del lado de los halcones, Macron trata de recuperar el terreno perdido a comienzos del conflicto en las capitales de Europa Central, escandinavas y bálticas, que durante mucho tiempo reprocharon a París y a Berlín su política de apaciguamiento con Rusia y sus ambivalencias en cuanto al apoyo militar a Kiev.

La conversión de Macron comenzó en junio de 2023, cuando se declaró a favor de una adhesión rápida de Ucrania a la OTAN. También pidió una aceleración del ritmo de ampliación de la Unión Europea, para enviar una señal fuerte a Putin.

“Después vino el fracaso de la contraofensiva ucraniana y la evidente fragilidad de las tropas de Kiev”, señala el general Nicolas Richou, excomandante de la 7ª brigada blindada, agregado defensa en Berlín e historiador. Fue en esa época que el envío de “tropas al terreno” se convirtió en una opción analizada por el gobierno francés, en el mayor de los secretos.

“El rol de los militares es preparar el máximo de opciones para ayudar a la decisión político-militar del presidente”, explicó Pierre Schill, jefe de estado mayor del ejército, que justificó la actitud de Macron.

“La posición del presidente es ante todo un mensaje político y estratégico. El primer objetivo es enviar (a Rusia) un signo de voluntad y decisión a largo plazo”, agrega.

El mensaje, sin embargo, tampoco ha sido bien recibido por la opinión pública francesa que, definitivamente instalada en el bienestar desde hace casi 80 años, no consigue hacerse a la idea de que la guerra pueda volver a arrasar el país. Según los sondeos, 68% de los franceses está en contra del envío de tropas occidentales al terreno.

En el frente interno, la ofensiva belicosa de Macron también tiene su explicación. A tres meses de las elecciones europeas, dramatizando la situación, el presidente francés intenta establecer un cara a cara con la Reunión Nacional (RN) de Marine Le Pen, acusada de complacencia con Rusia, intimando a esa formación a elegir su campo: a favor o en contra de Ucrania.

 

Facebook Comments