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Aparte de las veleidades de Donald Trump sobre si debe o no cambiarse la fecha de las elecciones de noviembre, la máxima expectación de la actual carrera a la Casa Blanca reside en la designación de la candidata demócrata a ocupar la vicepresidencia; una incógnita que el aspirante a presidente, Joe Biden, podría desvelar esta misma semana. Desde luego, antes del día 15. Lo único que se sabe es que la elegida será mujer y una cualificada experta en materia política y en la Administración estadounidense.

La importancia de la vicepresidencia en Estados Unidos depende fundamentalmente del primer mandatario. Hay ‘segundos’ que han jugado papeles influyentes –pasó en la época de George W. Bush– y otros que se quedaron en una mera posición de apoyo, pese a tener un poder determinante, por ejemplo, en los bloqueos del Senado. Con Donald Trump, Mike Pence ha desarrollado una vicepresidencia de perfil bajo. En cambio, Barack Obama sí tuvo muy en cuenta a Joe Biden cuando le designó como su ‘mano derecha’ en dos legislaturas. Buena parte de su política social surgió del ahora aspirante.

 

Lo que se da por seguro es que la vicepresidenta elegida por los demócratas deberá tener un experimentado currículo para ocupar un cargo donde tendrá un alto poder ejecutivo. La razón es sencilla: Biden llegará a los comicios con 78 años y, en caso de ganarlos, acabaría su legislatura a los 82. Lo normal es que cediera una parte importante de sus obligaciones a su segunda al mando. Y que luego no se presentara a la reelección, de modo que su ‘vice’ podría convertirse ‘de facto’ en la candidata presidencial demócrata dentro de cuatro años. No sería el primer caso. Entre los vicepresidentes que luego llegaron a mandar en el Despacho Oval figuran Johnson, Roosevelt o Truman.

Un refuerzo necesario

El aspirante demócrata es un hombre tranquilo. Ahora sabe que necesita un refuerzo extraordinario para responder a las expectativas de haber pasado del último lugar al primero de las encuestas electorales. El punto débil que le achacan sus detractores –la edad– es también su mejor arma: la veteranía de un político que se presentó por primera vez como senador en 1978. Ahora mismo supera al líder republicano en intención de voto y lo ha hecho además en Estados como Texas donde Trump ha tenido un granero de votos.

Su popularidad ha crecido a medida que el actual mandatario se ha enrredado en una política errática, llena de personalismos y escasamente reactiva en un momento crítico: con el país siendo el más castigado del mundo por el coronavirus y con una recesión económica brutal. Ayer mismo, delegados republicanos y demócratas continuaban negociando cómo desbloquear las nuevas ayudas económicas –paralizadas desde mediados de esta semana en el Congreso– y aliviar la situación que desde hoy vivirán cientos de miles de estadounidenses que se quedarán sin sus 600 euros mensuales de subsidio de desempleo.

Los expertos creen que el partido optará por una candidata afroamericana, sobre todo tras los disturbios antirracistas de los últimos meses. Biden ha reducido su lista de trece a cuatro nombres. Una de ellas es Kamala Harris, senadora por California, que renunció en diciembre a continuar en las primarias del partido y en marzo declaró su apoyo a Biden tras haberle criticado reiteradamente. Hace diez días, los fotógrafos que cubrían un acto del candidato captaron una página de su libreta de notas donde podían leerse frases como que Harris «no guarda rencor» o que existe un «gran respeto por ella». Rumores aparte de que Biden habría dejado a la vista estas anotaciones para jugar al despiste, los analistas opinan que la senadora podría movilizar a los votantes negros o del Medio Oeste.

La segunda candidata con más posibilidades es Susan Rice, de 55 años y con una excelente reputación ganada como exasesora de seguridad nacional de Obama. Experta en política internacional, ella y Biden han trabajado juntos en la Casa Blanca. Otra posibilidad es la alcaldesa de Atlanta, Keisha Lance Bottoms, de 50 años, que ha jugado un papel destacado en la crisis sanitaria enfrentándose a muchas de las decisiones en las que Donald Trump ha menospreciado la pandemia. La legisladora Karen Bass, finalmente, encabeza el grupo de congresistas negros que redactó un proyecto de ley de reforma policial que lleva el nombre de George Floyd.

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