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En el Hospital Centro de Cuidados Laguna, ocho pacientes con coronavirus esperan a morir. “No sé decirte seguro si alguno ya ha fallecido. Pero vamos, si no ha fallecido, fallecerá en breve”, explica a las cuatro de la tarde de este lunes David Rodríguez Rabadán, director del centro. Con 50 plazas para enfermos terminales, su hospital está recibiendo contagiados que presentan cuadros clínicos demasiado graves como para ocupar una cama de UCI, ingresos en los que los medicamentos se entremezclan con la extremaunción. “Llegan de los servicios públicos continuamente. Oncológicos la mayoría, pero ahora mismo muchos de ellos vienen también contagiados“. Cuando el tratamiento ya no tiene sentido, la Laguna es la última parada.

Especializados en cuidados paliativos, su función pasa por acompañar a los enfermos hasta el final. “Trabajar aquí te hace enfrentarte a esa situación desde otra perspectiva: estamos acostumbrados a la muerte y al sufrimiento”, explica Alonso García de la Puenta, psicólogo del centro. Ahora, el coronavirus ha llevado ese acompañamiento a otro nivel: “Los pacientes y los familiares ya no se pueden despedir, entonces asistimos a situaciones verdaderamente dolorosas. Vienen, lloran y te dicen: ‘¿De verdad que no podemos hacer nada?’ Tú les miras y dices: ‘De verdad’. Lo asumen y lo entienden, pero es una lección. Si el sufrimiento antes era extremo, ahora lo es todavía más porque nos han quitado ese soporte familiar y de contacto físico“.

Equipo sanitario del Hospital Centro de Cuidados Laguna durante la pandemia.© Proporcionado por El Confidencial Equipo sanitario del Hospital Centro de Cuidados Laguna durante la pandemia.

Para mitigar ese dolor, la Laguna hace excepciones. Mientras que la mayoría de hospitales no permite la presencia de familiares, ellos dejan que los pacientes estén acompañados por un ser querido, permisividad que también se extiende a los infectados, con los que refuerzan las medidas de protección. Según argumenta el director, el objetivo se centra en que el adiós sea “indoloro y dulce”, cometido que no cambia ante los enfermos con Covid-19: al igual que el resto de pacientes, ellos se encuentran confinados en sus habitaciones: “En este clima tan tenso, el coronavirus está jugando un papel acelerador en ese narcisismo de los momentos vitales, así que somos más necesarios que nunca”. El hospital no es como los demás. Y sus normas tampoco: “Nuestra función es atender a gente cuando otros los desahucian“.

Pero el coronavirus no solo hace mella en los pacientes y sus familias. Como reconoce Alonso, los trabajadores también están asustados: “Tenemos miedo. Eso nos exige un plus para no entrar en pánico y transmitírselo a los enfermos”. Desde que la pandemia llegó a España, un 20% de su plantilla ha cogido la baja, situación que se ha visto agravada por la falta de material de protección en las primeras semanas. Ahora que empiezan a recibirlo, el director explica que su temor pasa por que los guantes, las mascarillas y las gafas les alejen de los moribundos: “Una de las cosas que más nos ha costado es cubrirnos el rostro. En un momento tan difícil, pensábamos que escondernos detrás de tanta protección iba a enfriar esa calidez: ese empujón necesario, ese soporte, ese apoyo… Luego nos hemos dado cuenta de que la sonrisa también se transmite con los ojos“.

Equipo sanitario del Hospital Centro de Cuidados Laguna durante la pandemia© Proporcionado por El Confidencial Equipo sanitario del Hospital Centro de Cuidados Laguna durante la pandemia

Ese es el consuelo al que se agarran en un hospital en el que no hay hueco para el engaño o las falsas esperanzas: “Para el paciente que viene a la Laguna, no es una sorpresa lo que le está ocurriendo. Ya ha pasado por varios profesionales médicos, por varias operaciones habitualmente, y sabe que se aproxima su final. Tanto esa persona como su familia saben a lo que se enfrentan”. Llegado ese momento, psicólogos como Alonso entran en la habitación para que los familiares no esquiven el dolor, y es que saber que la muerte está cerca no es igual que vivirla: “Hay que hacer un ‘standby’. No podemos decir: ‘Bueno, como estamos en esta situación, no hacemos duelo y no nos despedimos’. No. El duelo va a haber que hacerlo. Y habrá que esperar para hacerlo a que acabe todo esto. Es importante el rito, la manifestación física de aquello que hemos sentido”.

Mientras reflexiona sobre el duelo, a Alonso le viene a la cabeza Fermín: “Él fue uno de los primeros voluntarios que tuvo la Laguna. Durante los últimos 20 años de su vida, estuvo acompañando a gente que moría en el hospital. Gente sin familia, que está sola… Venía y pasaba el tiempo con ellos: les acompañaba, les traía el periódico… Era un señor de 80 años y tenía una sonrisa increíble. Desayunaba todos los días con él”. Alonso habla de él en pasado porque Fermín murió la pasada semana con coronavirus. Después de dos décadas agarrando la mano a moribundos, falleció solo en el Hospital 12 de Octubre. Su familia, sin embargo, no olvida cuál era su deseo, un anhelo que también transmitió a Alonso en sus desayunos: “El día que yo me muera, quiero hacerlo sin dar ninguna lata”. Esa es la frase que repiten ahora sus seres queridos y su antiguo amigo. Al fin y al cabo, en la Laguna solo buscan poder decir una frase cuando todo acaba: “Se ha ido como él quería“.

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